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Vilma Fuentes
En la actualidad, una de las inquietudes de franceses y europeos es la llegada masiva de migrantes, quienes huyen de sus territorios nacionales por diferentes causas: sean la guerra y los bombardeos en Siria, sea la miseria de condiciones de vida insostenibles, sean las sangrientas dictaduras que reinan en sus países de origen.

Según el caso, estos refugiados buscan escapar al peligro de muerte para ellos y sus familias, o, perseguidos, solicitan asilo político, la protección prevista por las diferentes constituciones de los estados europeos, o esperan encontrar en Europa condiciones económicas más favorables para subsistir. El problema es, pues, complejo. Un hombre en peligro de muerte no obedece a las mismas motivaciones que un refugiado económico. Por su parte, los habitantes de los países cuyo acceso buscan los migrantes expresan los más variados puntos de vista, los cuales responden también a su moral, economía, cultura, religiones, costumbres, identidad nacional, sobrepoblación. Todo esto da lugar a polémicas más y más confusas y violentas.

Mientras hay quienes no anhelan sino acoger a los refugiados con un corazón generoso, atento a la solidaridad humana, hay quienes no esconden sus sentimientos más xenófobos, para no decir racistas. Como era de esperarse, la cuestión tomó rápidamente un giro político.

En Francia, como en Europa, algunos movimientos de derecha o de extrema derecha se oponen en forma resuelta a lo que consideran una invasión. Y estos argumentos coinciden con las ideas de gran parte de los electores. ¿Por qué ayudar a esos refugiados cuando numerosos ciudadanos viven en situación precaria, y duermen a veces en la calle como los llamados SDF (sin domicilio fijo)? Quienes se encuentran sin trabajo, desempleados, ¿temen acaso ver a los nuevos llegados tomar su lugar, su posible empleo? El problema rebasa las discrepancias políticas tradicionales entre la derecha y la izquierda. Y es incluso un socialista, Michel Rocard, quien había dicho hace algunos años esta frase retomada ahora por los opositores a recibir los emigrados: Francia no puede acoger toda la miseria del mundo.

El hecho de que la mayor parte de los refugiados sea de religión musulmana es un elemento central del asunto, más allá de las consideraciones económicas. Cabe recordar la frase del general y presidente De Gaulle al hablar de su pueblo durante la guerra de Argelia, para responder a los partidarios de la Argelia francesa, los cuales querían acordar la nacionalidad francesa y, por tanto, el derecho de voto a todos los argelinos: No deseo que Colombey-les-deux-églises (Colombey-las-dos-iglesias) se convierta en Colombey-les-deux-mosquées (Colombey-las-dos-mezquitas).

Es sin duda ahí donde nace la inquietud de muchos franceses, los cuales ven con un temor que va hasta la angustia la construcción de nuevas mezquitas, imaginando que muy pronto su país se volverá musulmán, sometido a nuevas costumbres y reglas de vida, forzado a obedecer a la ley islámica, la sharia, en suma, un apocalipsis semejante al evocado en su última obra Soumission, novela que provocó bastante ruido y se vendió muy bien, por el escritor Michel Houellebecq.

Ahora, esta perspectiva de la islamización de Francia es agitada como un espantapájaros por los movimientos radicales que sacan el mejor provecho en los sondeos y previsiones de las futuras elecciones.

Sin embargo, como se vio en México cuando se acogió a los refugiados españoles que huían del franquismo, los inmigrados dieron a nuestro país espíritus esclarecedores que formaron a varias generaciones universitarias. En todo caso, es la cuestión de la identidad el meollo del problema que presenta una inmigración masiva: ¿los inmigrantes se plegarán a las tradiciones y usos de la nación que los acoge? O, al contrario, ¿harán todo para conservar sus costumbres, las cuales, aunadas a su capacidad de crecimiento demográfico, cambiarán la identidad del país que los recibe?

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